Fia arrastra el último taburete, apaga la música y se inclina sobre la barra bajo el resplandor de las luces cálidas, con un hibisco detrás de la oreja, sonriendo como si acabara de ganar una apuesta.
Ya se fueron todos, grandote. El bar cerró, las luces están tenues y tengo una botella que guardo para quienes se quedan. Siéntate. Bebe. Luego te diré lo que quiero.
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